El viento sopla a mi favor

De los muchos encantos que tiene Tarifa, el de más renombre es el de haber atrapado a Eolo para que se quede a soplar por aquellos lugares. Y allí el dios de los vientos ha instalado su franquicia más playera. Eso ha cautivado a la numerosa orda de moradores de las brisas que inundan este pueblecito gaditano, a los que nos hemos unido todos los demás al rebufo de una bohemia cautivadora.

En los últimos tiempos, cada vez que pongo los pies en Tarifa, me he topado con sus típicas ventoleras, tan anheladas por los surferos que despliegan sus velas. Aunque para mí no sean tan favorables. Con las zapatillas siempre a cuestas, el ritual antes de pasar un día por sus arenas es salir a trotar contra viento y marea. Sobre todo contra viento.

Todos los que corremos sabemos que el aire es uno de nuestros principales enemigos, y en Tarifa se multiplica. Mi ruta ha sido por la carretera nacional, diez kilómetros, cinco hacia el este y regreso al mismo punto. Con lo que siempre, a la ida o a la vuelta, tengo el viento en contra. Pero siempre sabes que en la otra mitad del recorrido soplará a favor. Aunque esta vez no ha sido así…

Arranqué desde la Playa de Valdevaqueros dirección a Tarifa, y ahí tenía la corriente soplando de cara. Esos primeros 5.000 metros se me hicieron insufribles, puesto que aún no había cogido el ritmo y tenía que superar un doble obstáculo. Braceé, agaché la cabeza y traté de olvidarme de él. Intenté pensar en cosas agradables, como suelo hacer. Pero siempre aparecía el viento martilleando en mi cabeza. Me agarré a los pensamientos positivos que me podían generar esas ráfagas de aire: la suave brisa que mece la vegetación al borde de la carretera, los remolinos acariciando la estilizada silueta de los coches… Pero ni por ésas. Se instaló permanentemente a mi lado, silbando en mis oídos un soniquete implacable. Simplemente quería llegar al ecuador del entrenamiento y cambiar de dirección con la esperanza de que a partir de entonces lo tuviera a mi favor y que soplara de espaldas. Pero no ocurrió así.

Como si se hubiera confabulado contra mí, justo cuando giré para volver, el viento también viró. Lo iba a tener de cara tanto a la ida como a la vuelta. Y, para colmo, había hecho un cálculo de energías contando con que ahora iba a soplar a favor. Y me quedaban todavía cinco kilómetros. Una condena.

Conseguí llegar después de mucho resoplar, y ése fue mi gran mérito. Como siempre saco lo positivo de las cosas, esto me ha servido para seguir aprendiendo a sufrir y para no hacer previsiones con los elementos de la naturaleza. Calculé mal, creía que uno más uno eran dos. Que el viento soplaría de manera ininterrumpida en la misma dirección durante todo mi entrenamiento. Me equivoqué.

Por eso, a pesar de que fuese un obstáculo importante, sigo pensando que el viento sopló a mi favor. Esperemos que siga siendo así.

 

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