Despierta la ciudad

Aquí pasa algo raro. En menos de una semana me he despertado dos veces antes de las siete de la mañana para hacer deporte. Creo que nunca lo había hecho en la vida. Siempre he sido perezoso, y me ha gustado el “un ratito más” que nos atrapa en la cama cuando suena el despertador una y otra vez. Pero la inminencia del fin de semana y los planes veraniegos me van a impedir entrenar hasta el domingo por la tarde, así que tenía que hacer hoy los deberes pronto para tener la conciencia libre de toda culpa.

Es una sensación extraña arrancar a correr cuando hace apenas 15 minutos estaba con el pijama en el séptimo sueño. Cuesta trabajo ir cogiendo sensaciones, y la respiración no es muy acompasada. Sobre todo cuando cada poco tiempo te soprende un bostezo en el que abres tanto la boca que pareces el león de la Metro Goldwin Mayer.

Madrugar no es demasiado agradable, aunque te da la posibilidad de descubrir muchas cosas. Por ejemplo, empezar a ver cómo la ciudad se va despertando poco a poco, a un ritmo lento, acompasado, pero constante. Te permite sentir la brisa que aún se pasea con libertad hasta que salga el sol y nuevamente la tenga presa. Puedes oler el perfume recién impregnado en las pieles de los que salieron de la ducha hace apenas unos minutos. Ver el latido suave de unas calles que en breve estarán a más de 100 pulsaciones por minuto. Descubres que los comercios a las siete de la mañana son seres casi inertes que cobrarán vida gracias a la furgoneta del reparto. El río por el que habitualmente entreno discurre manso, sin apenas corriente. La superficie es apenas un espejo sobre el que se refleja el amanecer. Solo interrumpido por las leves ondas que provoca la estela de una familia de patos que viaja tranquilamente de un extremo al otro de la ciudad.

Es el nacimiento de un nuevo día, en directo. Soy testigo privilegiado de esa génesis que ocurre cada mañana, pero de la que casi no somos conscientes a los que se nos suelen pegar las sábanas. De la de ser el primero que da los buenos días a los que te encuentras a tu paso, que a su vez te regalan una sonrisa para animarte.

Mis biorritmos no son los habituales. Solo he dormido seis horas y media, tengo sueño y no puedo encontrar las sensaciones. Apenas llego a 140 pulsaciones, pero tampoco tengo demasiada urgencia por subirlas. Es simplemente completar el entrenamiento, dar otro paso y cumplir con la planificación. Además, tras los 45 minutos de carrera continua me quedan otros 45 más dando pedales.

Al llegar a casa para coger la bicicleta, Nuria se acaba de levantar. Me recibe el olor a su champú, mezcla de Caribe y sabana africana. Me transporta a esos parajes tan remotos aunque, no, no he llegado tan lejos con mis piernas. Apenas he corrido ocho kilómetros, suficientes para estar mucho más despierto que ella. Enseguida toca despedirnos. El aroma al café del desayuno lo cambio por el del maillot recién estrenado.

Por delante, casi una hora pedaleando en la que compruebo lo rápido que se despierta la ciudad. Hace un instante todos dormían, ahora conducen con prisa a sus trabajos y hacen sonar el claxon con vehemencia, creyendo que así saldrán del atasco. Todos quieren llegar cuanto antes para terminar cuanto antes. Yo también. Aunque casi ni he empezado.

Son las 9h15 y llego al trabajo con 15 minutos de retraso. A pesar de eso, tengo una agradable sensación. Apenas acabo de empezar el viernes, y ya he cumplido con mi deber. Buenos días.

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