El buen samaritano

Los domingos son el día en que muchos bares cierran. Más si estamos en la frontera de Julio con Agosto. Y aún más si te encuentras en mitad de la nada. Con este escenario, buscar un lugar en el que rellenar tu botella de agua es como encontrar un oasis en el desierto.

Tras una hora pedaleando, el bidón se ha descongelado y lo que sale de él es algo así como el caldo con el que mi madre hacía el cocido. Un líquido prácticamente abrasivo incapaz de saciar la sed. Mi boca está seca y mis energías totalmente consumidas. Desde que salí para este rodaje de dos horas y media no he parado de vomitar. Mi cuerpo no asimila demasiado bien las sales minerales que llevo tomando desde hace algo así como un mes. Es automático: bebo-expulso. Estímulo-respuesta. Algo tengo que hacer…

Soy un zombie que vaga por una cuneta perdida en mitad de una pequeña carretera apenas transitada. Sin fuerzas y sin agua que echarme a la boca. De tanto regurgitar, mi estómago se ha quedado vacío. Durante unos minutos parecía la niña de “El Exorcista”, he echado hasta las entrañas.

A pesar de tan dantesca situación, no tenía otra que seguir para regresar a casa. Lo hacía con la esperanza de encontrar algún bar o venta en la que parar para recargar el depósito. Pero todos los que encontraba por el camino estaban cerrados. Sin apenas esperanzas, y tras mucho buscar, divisé a lo lejos un bar que parecía abierto. No sabía si era un espejismo o realidad. Pero empecé a pedalear con las pocas fuerzas que me quedaban para comprobar que realmente estaba ahí.

Detrás de la barra se encontraba apostado un camarero que parecía llevaba un rato esperándome. Con toda la amabilidad me preguntó si me podía ayudar. Inmediatamente abrió el grifo y de él emergió una refrescante agua con la que llenó mi bidón. La ingerí a borbotones y tuvo que volver a rellenarlo. Qué sensación más placentera provocan algunas veces cosas tan cotidianas como el líquido elemento. Pero cuando las echas en falta le das aún más valor.

Este buen samaritano desconocía que estaba llevando a cabo su gran acción del día. Algo tan simple como ofrecer agua al sediento. Repuesto de mis problemas, di gracias por toparme con gente así. Nos los encontramos cada día, aunque no les damos la importancia que tienen. Están a nuestro alrededor, nos apoyan, nos alientan, nos ofrecen una sonrisa… Son esas pequeñas cosas que hacen que todo esto sea tan grande.

Gracias, buen samaritano!

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2 respuestas a El buen samaritano

  1. Manuel dijo:

    Rafa,…En alguno de mis entrenamientos he sentido lo mismo,…Y tu entrada de hoy me ha hecho pensar en el gran Dean Karnazes, cuando llamaba a una pizzería para que en medio de la nada le llevaran combustible para su maltrecho cuerpo. Es fácil dar ánimos desde este ordenador pero creo que haces bien acostumbrando al cuerpo a gestionar los recursos,…Doñana está cerca,…¡Sí, se puede!

    • En Doñana habrá momentos peores, así que es importante aprender a sufrir. Además, con episodios como el que me ocurrió el domingo aprendemos a valorar las pequeñas cosas, los detalles, el tener a alguien dispuesto a ayudarnos… Es importante en estos tiempos que vivimos. Todos tenemos un objetivo, una meta, y siempre habrá alguien dispuesto a ayudarnos. Por ejemplo tú, con tus palabras, me das fuerzas para el entrenamiento de esta tarde. Pasito a paso, metro a metro, llegaremos a nuestra meta. Sísepuede!

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